Escucho a las personas que me hablan como si lo estuvieran haciendo tras una pantalla de metacrilato de 10 cm de esposor, amortiguado, lejano, en un tono extraño, apagado. Trago saliva, y escucho unas burbujitas, un cosquilleo en mi garganta.

Mis mandíbulas pesan mucho, hago gestos extraños con la cara, me cuesta articular palabras, sonidos. Es como intentar mover las palas de una excavadora gigante sin ningún entrenamiento.

Me doy cuenta que se me va la cabeza, soy incapaz de fijar la mirada, pero me esfuerzo, y tengo la sensación de que la gente me mira raro, ¿me estaré comportando normalente? ¿se me notará algo raro? Yo desde luego, me noto como en un viaje astral, observándome desde arriba, flotando en el techo de la habitación.

Quiero coger el vaso de agua. Mi mano se desliza lentamente, con un gran esfuerzo de concentración, intento poner todos los sentidos, y no dejo de mirar fijamente el vaso, mientras ordeno a mi brazo que se mueva. ¡Conseguido! Acerco el vaso a mi cara, pero fallo, noto el borde del cristal rozándome la barbilla- No, Silvia, es un poco más arriba-, me digo a mi misma mentalmente.
Segundo intento, el borde del vaso llega hasta mis labios.
Vale- me repito, ahora sólo se trata de tragar. Pero no es tan fácil, me tiembla la mano, y siento que se escapa una gota de agua por la comisura de mi boca y me baja por el cuello.

Cierro los ojos. Me concentro nuevamente en todas las sensaciones. Soy consciente de cada uno de los miembros y las articulaciones de mi cuerpo. Qué marioneta tan complicada. Cuántos hilos. Cuántas combinaciones. Pensar que todos hacemos esto cada día de una forma inconsciente.

¿Quién necesita marihuana? Nada como un buen costipado, y un colocón de Frenadol.