(Del lat. indignatĭo, -ōnis).
1. f. Enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos.
Hay muchos motivos para sentir indignación en este mundo, incluso podíamos hacer categorías. Tenemos los motivos de indignación general: el hambre en el mundo, la violencia doméstica, etc.
Tenemos los motivos políticos: para unos el freno a la economía (o eso dicen ellos), para otros la devastación del territorio, el uso indebido de fondos públicos (de lo que se acusan los unos a los otros y de lo que todos se aprovechan),etc.
Existen los motivos sociales: la inmigración (cada cual desde su punto de vista), los retrasos en la sanidad pública (quien la tenga), las ayudas públicas (a los jóvenes, a la vivienda, a la maternidad, a………)
Pero lo que más indignación nos causa, son los motivos particulares y personales de cada uno: ha eludido su responsabilidad y me ha pasado el marrón del curro, mira con qué mala cara me mira hoy la cajera del súper, si tiene un mal día y no sabe atender al público que trabaje de otra cosa (claro porque ha estudiado una carrera pero ha preferido trabajar de cajera), etc.
Mi motivo, soy yo misma. Mi persona. Mi falta de definición. Mi falta de autoridad. Yo.
Yo, con mis inseguridades, mis temores, mi indecisión. Yo, que me convierto en una persona transparente, sin necesitar que nadie me ayude para ello. Yo, que no sé morderme la lengua porque guardo mucho veneno.
Debo confesarlo: me gusta que me reconozcan, que la gente se acuerde de mi, me gusta ser el centro de atención, me gusta sentirme apoyada, reforzada, buscada. Me gusta pensar que soy
importante para las personas. Y eso, soy muy consciente es un problema. Porque si juntamos lo del párrafo de arriba con lo de este mismo párrafo el resultado es el desastre, que más o menos, se equipara con mi personalidad.
Perdona, ¿quién eres? (J.G, 08/noviembre/2007)