Me resulta muy curiosa la capacidad humana para autoimponerse cargas, casi sin darnos cuenta, como nos embarcamos en laberintos de muros invisibles levantados por nuestra mente, por nuestra alma. Y vagamos por ellos, sin encontrar jamás la salida. Sólo unos pocos, toman la tajante, que se suele decir, y alcanzan una nueva visión, que les permite ver esos muros, y saltarlos.

Otra de esas cargas, es la confianza, mi tesoooooorooooooooooooooo. Las personas necesitan confiar, desahogar, compartir toda una suerte de irracionales pensamientos con alguien. La confianza es nuestra via de escape, y nuestra cadena también.

La confianza pesa. Se acumula en nuestro interior. Los primeros secretos se guarecen en los recovecos de los dedos de los pies, y poco a poco se apilan, se acumulan en las arterias, en las venas, en nuestros órganos internos. Cuando la confianza alcanza el corazón, y la mente, estamos perdidos sin remedio. Quan vulnerables nos volvemos! Quan frágiles! El peso de la confianza acumulada nos arrastra, aliándose con la fuerza gravitatoria, y nos obliga a arrastrarnos.

El siguiente paso, es deshacerse de dicha confianza, liberarse. Que liviano llegas a sentirte. Qué proceso de recuperación más largo, el de la post-confianza. Y cuando te levantas, alzas la mirada, y sonríes. Y entonces te palpas el pecho, y allí está la cicatriz, cosas de la vida.

Y echas a andar, y sigues tu camino. Pero el camino no lo transitas tú solo, y acabas contando algún secreto, que se esconde en los recovecos de tu pies.